¿Hacia dónde vamos?

Publicado en 22 Octubre 2012

   Nos han quitado la identidad.

 

   Nos la roban desde la primera noción de historia de Méjico que nos es transmitida por nuestros mayores.

   Que nuestro país fue sometido por un grupo de bandidos; que nos humillaron; que somos el fruto bastardo de la mezcla de una raza bestial con otra sumisa; y varios otros “argumentos” de ese género, forman parte de nuestra única pobre cultura histórica mejicana.

  No es de extrañar que el malinchismo tenga tanta aceptación entre nuestros conciudadanos.


 

***  

   Sentados frente al escenario esperábamos impacientes el comienzo de la función. Para deleite de nuestros sensibles oídos, nos disponíamos a escuchar el desarrollo de bellas melodías que son el orgullo de la música universal.

   Una tras otra, fueron desenvolviendo sus acordes las maravillosas piezas que escuchábamos, la una más bella que la otra. Y entre ese inconmesurable caleidoscopio compuesto por los Tchaikosvky, Shostakovitch, Orff y Verdi, fueron apareciendo, tímidamente, los nombres orgullosos de Moncayo, Rosas y Castro, con su elegante bizarría y su enorme talento.

   Frente a un auditorio esencialmente novel, los patronímicos mejicanos daban paso a obras de remarcable belleza, y el talento mejicano hacía gala de su grandioso poder. Cualquiera que escuchase lo que ante él se interpretaba, no podía más que estar seguro de que Méjico es un país rico; muy rico en cultura, en tradiciones.

   Rico en lo que es capaz de ofrecer al mundo, más allá de la simplona reducción sobre la violencia y la corrupción que vivimos.

 

   Ese momento me recordó la experiencia de haber conocido Guanajuato. Cerca de esa pintoresca ciudad, se yergue un pequeño pueblo que alberga, dentro de su iglesia, varios interesantes tesoros.

   La Valenciana es una pueblo de tradición minera. Su iglesia, San Cayetano de la Valenciana, alberga un imponente retablo forrado de láminas de oro. Sin embargo, bien que el trabajo ahí realizado signifique una experiencia única para el visitante, son las pinturas que cubren los muros las que llamaron poderosamente mi atención.

   Trabajo cien por ciento mejicano, cada una de ellas tiene la particularidad de moverse; cualquiera que sea el ángulo desde el que se vea, las imágenes giran para estar en la misma posición en cualquier dirección.

   Ciertamente mis conocimientos en arte son escasos, pero impresiona el trabajo realizado por manos nuestras y, al igual que la música, me hace creer con alegría, que Méjico está lleno de tesoros que nada tienen que envidiar a lo extranjero.

***

   Nada más salir a la calle, podemos observar con tristeza la continua displicencia que el mejicano siente hacia su patria. Los mismos comentarios pueden ser escuchados en el transporte público como en la más cara escuela del país.

   Cierto, hemos tenido la desgracia de que, quienes nos precedieron, no hayan sabido dirigir nuestro país; pero la Historia está ahí para mostrarnos cuán equivocados estamos al denigrar nuestra propia identidad, al rechazar la grandeza de nuestro país, de nuestra cultura, de nuestra gente.

   Al admirar las hermosas pinturas que nuestros artistas han trazado como guiados por los mismos ángeles; al tener la oportunidad de escuchar las bellas piezas que nuestros músicos han creado; al admirar las maravillas de la arquitectura que se pueden apreciar en nuestras más variopintas ciudades y pueblos; al cruzar cada día a personas que dan todo cuanto tienen por ofrecer a su familia un futuro mejor, no podemos aceptar la teoría de la miseria mejicana.

 

   Nuestra identidad perdida es el fruto de todos aquellos que han entregado su vida a la causa antimejicana. Aquellos que han escrito la historia según su interés, llenando nuestros libros y cuadernos de la historia oficial.

   Basta ya de las reducciones innecesarias y anacrónicas. Basta ya del “nosotros” -cuando se trata de hablar de la época de la Evangelización de la América Hispánica- utilizado para oponer los amerindios a los españoles; ese “nosotros” no puede existir, puesto que somos el resultado de ambas razas reales. Antes de la llegada de España a estas tierras, no existía “nosotros”, no existía Méjico. Méjico fue creado por la mezcla de sangre, cuyo fruto somos nosotros, y por el proceso histórico que se desarrolló.


   Que la Conquista haya sido buena o mala, no es el objeto de este ensayo, bien que el autor la considere el más bello regalo de la Providencia a estas tierras.

   Nuestra idea es incitar a nuestros compatriotas a dejar por fin de lado la terrible guerra psicológica lanzada contra nuestra integridad. Buenas o malas (según el lector juzgue de acuerdo a sus principios), la Conquista y Evangelización dieron a luz a una Patria de la cual no solamente debemos estar orgullosos, sino estar seguros de que ha dado, y debe aún dar, mucho a la vida.

   No somos ese pueblo bastardo que la pretendida “cultura” yankee intenta transmitirnos; no hemos sido, ni somos un pueblo sumiso que espera todo de los demás y solo anhela lo mejor de otros lados; no podemos seguir justificando todos los males que aquejan a nuestra Nación (desde los baches hasta la corrupción, pasando por el crimen organizado) por el simple hecho de que “de todos modos, estamos en Méjico”.

   Somos una Patria con identidad propia, que desde todo momento ha luchado por ser una, libre y soberana, a pesar de cuanto digan los libros de historia que, día tras día, son utilizados en las escuelas mejicanas.

   Somos una Patria que desde siempre ha luchado contra la imposición, tanto de adentro como de afuera; los héroes muertos en batalla y su sangre lo atestiguan por millares.

 

   Desde este pequeño rincón tierra, queremos seguir creyendo en Méjico y en cada uno de sus hijos.

   Que Dios nos de la fuerza de portar siempre con orgullo el nombre de MEJICANOS.

 

   Diego OLIVAR ROBLES

Escrito por Diego OLIVAR ROBLES

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