Objetividad de la ciencia moral

Publicado en 16 Mayo 2013

Hablar de moral, en nuestra época, perturba, incomoda. Más aún, evocar una objetividad, es decir, una universalidad de los preceptos morales aplicables a la totalidad de los seres humanos resulta, para la mayoría, arcaico y obscurantista. Para el hombre moderno, la evolución de las ideas es una ley a la que ninguna doctrina escapa, y la subjetividad se convierte en el principio de acción según el cual, fuera de robar, matar y maltratar a los otros, todo está permitido al Hombre en razón de su libertad. Todo, incluso aquello que lo destruye. 

Existe, además, una forzada distinción entre ética y moral, relacionando la primera a los valores que cada uno debería practicar y que emanan de una cierta “conciencia” colectiva democrática, y la segunda al conjunto de costumbres, valores y antivalores que la persona posee desde el hogar y que la determinan a actuar de cierta manera, siendo posible salir de ese determinismo únicamente a través de la conciencia ética. Forzada distinción, insistimos. Lo cierto es que ambas palabras, ética y moral, proceden de dos raíces distintas –griega para la una, y latina para la otra – significando exactamente lo mismo: costumbres. Razón por la cual, dentro de la Filosofía clásica, se han empleado, desde siempre, ambos términos de manera indistinta. Sin embargo, podemos entender que la separación sea necesaria para quienes profesan la libertad mal entendida (el clásico “mi libertad termina donde comienza la del otro”, o el grotesco, “hacer lo que se quiera”). 

A través de las distintas épocas, han surgido pensadores que, con sus ideas, intentan responder a las necesidades que se plantea el ser humano. Bajo ese principio han sido ideados diferentes sistemas filosóficos y morales que exponen la manera según la cual el Hombre debe actuar. Resulta interesante hacer un breve recorrido a través de algunas de ellas, para poder abordar nuestro tema. Lejos de perdernos en los datos históricos, nos centraremos en las doctrinas: 

La majestuosa época helénica, con las conquistas del gran Alejandro, vio nacer a dos de las más grandes escuelas filosóficas, cuya influencia aún perdura. Estoicos y hedonistas tienen su origen en esa era de considerables cambios. A los primeros debemos la grandiosa idea del conocimiento de sí mismo y el dominio de las pasiones humanas. En efecto, los deseos y las aspiraciones del ser humano siendo tan fuertes y anhelando siempre más y mejor, resultan, las más de las veces, en penas y preocupaciones, cuando no en decepciones. Solamente dejando de lado esos deseos, el ser humano se realiza plenamente en la simplicidad. De ellos es la idea según la cual “solo debe preocuparme el no preocuparme de las cosas que no deben preocuparme”. 

A los segundos, en cambio, debemos la doctrina de la búsqueda del placer (controlado, para los Epicúreos; desmedido y total, para la escuela cirenaica). Si el Hombre aspira, de manera natural, a lo mejor, es normal que satisfaga los placeres a los que tiene acceso. Para unos será en el mejoramiento de sus capacidades intelectuales; para otros en el aprovechamiento de cuanto placer físico pueda. 

A la Antigua Grecia debemos también el florecimiento de otro gran grupo de pensadores: los Sofistas, inteligentes y hábiles retóricos teniendo la capacidad de convencer de todo y lo contrario a quien tuvieran en frente. Sin negar su enorme potencial del cual hacían uso (tristemente, según menciona Aristóteles, en busca del poder, del dinero y/o de los honores), es imposible no mencionar el poco carácter filosófico de tales pensadores, a quienes la palabra no servía más que en beneficio propio. Bajo tales directrices, podemos imaginar qué doctrina(s) moral(es) podían ofrecer. 

Más cerca de nosotros, tenemos tres grandes corrientes, cuya influencia ha sido enorme en la manera de pensar de nuestra generación: 

La moral kantiana del deber y del imperativo categórico, para la cual la moral del acto humano se centra en la universalización que de él se pueda realizar; moral totalmente subjetiva y carente de principios metafísicos certeros; 

La moral materialista, para quien el ser humano es únicamente un agregado de átomos, poco diferente del resto de los animales, cuya moral evoluciona en permanencia, haciendo, en el caso del materialismo marxista, que lo bueno y lo malo dependa del Estado; 

En fin, la moral psicoanalista de Freud que, siguiendo la doctrina materialista, determina el acto humano según la sexualidad más o menos reprimida del sujeto y a los complejos más o menos graves del mismo – siempre con el carácter sexual por delante. 

Existe, sin embargo, toda una corriente que permanece desconocida de la gran mayoría, a pesar de representar casi dieciséis siglos del pensamiento filosófico. Se trata de la Filosofía clásica, también conocida como el Realismo. 

Partiendo de lo que somos capaces de constatar, esta Filosofía no inventa una doctrina sino que, con la habilidad de una naturalista y la especulación de un sabio, describe al ser humano y a la realidad que le rodea, deduciendo de ella los principios según los cuales el universo funciona y el hombre actúa y debe actuar. Creemos que dicha filosofía, tiene la capacidad de responder a las diferentes teorías que, en cuanto se apartan de la realidad, llevan al Hombre por senderos escabrosos en los cuales corre el riesgo de perderse. Todo el trabajo del Realismo es partir de principios primeros evidentes, comprensibles por todos y aplicables a todos, y aplicarlos a la comprensión filosófica. En el caso de la ética, es necesario partir del principio de que el hombre es un animal racional. Animal por su 

constitución física y racional por la posibilidad que posee de comprender, razonar, abstraer, etc. 

Al estoicismo y hedonismo decimos que, sin pecar por exceso o por defecto, el Hombre debe situarse en el justo medio. Sin duda alguna la sensibilidad forma parte constituyente de la persona que, además de sentirla, es capaz de analizarla y comprenderla; sin embargo, sin llegar a reprimirla, es necesario saber controlar los impulsos de la misma, bajo cuya influencia el ser humano podría actuar de manera ciega. No es, sino con la razón, que debemos de comprender lo que es realmente bueno para nosotros y actuar en consecuencia. 

A los sofistas respondemos que “una cosa no puede ser esa cosa y su contrario al mismo tiempo y según la misma razón” (principio de no contradicción), lo contrario significaría vivir en un mundo absurdo en el cual arriba y abajo, subir y bajar, blanco y negro, nacer y morir, etc., significarían lo mismo. De ahí podemos deducir que lo mismo ocurre con los principios morales, en los cuales asesinar y perdonar no pueden significar lo mismo. Así, si la realidad exige un orden físico, de la misma manera la conducta humana exige un orden ontológico. Por ahí mismo respondemos al subjetivismo kantiano, argumentando que no puede ser la universalización de un acto la que lo hace bueno o malo, sino el acto en sí, que corresponde, o no, a la naturaleza racional del ser humano. 

Al materialismo en sus diferentes formas respondemos, en fin, que el ser humano no es únicamente un conjunto de agregados físicos, determinado por ciertos elementos físicos o psicológicos, sino que posee también una inteligencia y voluntad que lo hacen libre y capaz de visualizar, comprender y elegir entre una o más opciones, aun cuando no se niega la importancia que pueden tener los sucesos ajenos al sujeto en el desarrollo de su vida personal, social y afectiva. 

El Hombre es, pues, un animal racional, y bajo dicho principio, para todos evidente, somos capaces de comprender que todo sistema que lo reduzca al puro aspecto material, permanece incompleto para explicar su manera de actuar. 

En este momento, la pregunta es: bajo ese principio, ¿existe una objetividad en la moral? Creemos que sí. 

El ser humano, para hacerlo, está llamado a actuar según la razón; lo contrario significaría actual de forma animal. Este último actúa, según su instinto, determinado a satisfacer las necesidades básicas para su supervivencia. En eso encuentra su felicidad. En el Hombre, ni el dinero, ni el poder, ni los honores, ni las pasiones le obtienen una total felicidad. Sin duda, esos elementos contribuyen, pero no lo llenan. La razón se encuentra en que nuestro mayor punto de estabilidad consiste en la tranquilidad de conciencia. Tranquilidad que solo puede ser obtenida en el actuar virtuoso, puesto que a eso nos llama la Racionalidad, a ejercer nuestra libertad en la búsqueda del bien objetivo que es actuar virtuosamente. 

La moral o ética, no es solamente un conjunto de buenos propósitos que nos dicta la civilidad democrática; es una ciencia que centra su objeto de estudio en lo más humano que existe, la Razón. Tristemente, la gran mayoría no acepta ese principio, sin duda absorbidos por la terrible influencia del mundo moderno, que nos bestializa. Nuestra época exige gente que se deje llevar por los impulsos del momento y por sus instintos más básicos, dándole una especial importancia al de reproducción, desgraciadamente, sin la acción dadora de vida. 

No puede existir una verdadera moral si esta no reposa en una Filosofía que eleve la naturaleza del Hombre a la realización más perfecta de ella misma. No podemos ser verdaderos hombres y mujeres si no estamos dispuestos a luchar contra el mundo moderno que nos arrastra a dar los mejores años de nuestra vida al vicio y a la mediocridad en sus diferentes formas. 

Dice Juan Rulfo en su cuento Nos han dado la tierra: “Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado , al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo.”. 

Sí, hay algo: verdaderos hombres, verdaderas mujeres. 

 

   Diego OLIVAR ROBLES

Escrito por Diego OLIVAR ROBLES

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